Con dos grandes maletas a cuestas, y después de una rápida parada en Viena, llegué a la estación de autobuses Budapest-Népliget. 2018 era el año. Había sido aceptado en un programa doctoral de la Universidad Centroeuropea (CEU, por sus siglas en inglés), que me comprometía a vivir al menos 3 años en esa ciudad del este de Europa que, en general, me resultaba un enigma. Me recibió una tarde fría de agosto, que resultaba aún más gélida por los alrededores de la estación. Caminé