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¡Szabad ország, szabad egyetem! (País libre, universidad libre)

16 abr
6 min de lectura

Con dos grandes maletas a cuestas, y después de una rápida parada en Viena, llegué a la estación de autobuses Budapest-Népliget. 2018 era el año. Había sido aceptado en un programa doctoral de la Universidad Centroeuropea (CEU, por sus siglas en inglés), que me comprometía a vivir al menos 3 años en esa ciudad del este de Europa que, en general, me resultaba un enigma. Me recibió una tarde fría de agosto, que resultaba aún más gélida por los alrededores de la estación. Caminé varios minutos a lo largo de un gran parque y no pude evitar la sensación de estar en una ciudad industrial que dormía: calles anchas, puentes de concreto, pocas casas habitacionales, silencio sepulcral. Después de asegurar internet en un McDonald’s, abordé un taxi con dirección a Kerepesi út donde se encontraba la residencia de estudiantes que sería mi estancia temporal mientras encontraba un lugar a largo plazo. Mi chofer de ese día marcaría mi primer encuentro con ese idioma que me daría tantos dolores de cabeza: Jó éjszakát!

 

Caminé cerca de 10 minutos desde la estación de metro Deák Ferenc Tér hasta el edificio principal de la CEU en Nador útca. La primera sensación que tuve de la ciudad se diluyó rápidamente. Desde esas calles colindantes al Danubio, la ciudad es una de contrastes. Múltiples parques, cafés y bares al aire libre, una comunidad bullente de gente que hablaba ese idioma incomprensible, calles bien señalizadas y obediencia europea a las reglas de tránsito. Numerosos edificios de estilo neoclásico, neorrenacentista y neobarroco se mezclan con fachadas y edificios modernos que ofrecen esos productos que sentimos como derechos humanos en nuestros tiempos. El edificio de CEU en Budapest tiene una fachada que es, curiosamente, a la vez imponente y discreta. Sin duda es un portento de modernidad que contrasta con edificios más viejos y, algunos, algo derruidos que lo rodean. Pero también es un edificio muy estrecho, que celosamente resiste revelar todo lo que esconde.

 

La atmósfera de la que impregnaba la CEU al barrio de Lípotvaros era innegable. En las inmediaciones de la universidad comenzaba a perder fuerza el idioma que te acompañaba a lo largo y ancho de la ciudad, e iniciaba una mezcla de lenguas. El inglés el más destacado, pero también ruso, árabe, hindi, español, de vez en cuando francés y alemán. Muchos cafés y espacios de arte acompañaban a la universidad en el barrio. Los empleados de estos negocios, en su mayoría húngaros, eran jóvenes acostumbrados a lidiar con extranjeros, armados usualmente con una sonrisa. En sus aparadores, una pegatina azul mostraba sus lealtades: #I stand with CEU (Estoy con la CEU). No me era una sorpresa el ambiente enrarecido en el que se encontraba la institución que me recibía en ese lejano 2018. Viktor Orbán, primer ministro húngaro desde 2010, había creado un enemigo de papel en la figura de George Soros, especulador húngaro-estadounidense, fundador y financiador de la CEU. En 2010, Orbán comenzó un paulatino giro conservador en el país. Lo usual: repugnancia por los homosexuales, por la lucha por la igualdad de las mujeres, por las huelgas, por los migrantes (de cierto tipo), por los pobres. Por otra parte, exaltación del papel de la familia (húngara, blanca), de la fe cristiana, de la importancia de la vida del feto. CEU era el monumento a todos los males que, según Orbán, representaba Soros.

 

Pero, aunque el deterioro democrático del país no me fuera extraño, ni tampoco el papel de mi Universidad como “opositora”, no esperaba que las cosas se desenvolvieran de la manera en que lo hicieron. En octubre, dos meses después de mi llegada a Hungría, el gobierno desacreditó todos los programas de estudios de género. “Son pura ideología”, argumentaron los oficiales de gobierno. El Departamento de Estudios de Género de la CEU tuvo que mudarse a Viena. El fin del 18 y todo el 19 fueron convulsos. Profesores, personal administrativo, alumnos, y colectivos de la sociedad civil nos lanzamos a la calle bajo el lema: ¡Szabad ország, szabad egyetem! (País libre, universidad libre). Participé con una convicción a medias en esas protestas. Por supuesto que veía una razón justa tras la defensa de la universidad, de los estudiantes y de los trabajadores de la institución. Pero ¿quiénes éramos nosotros para gritar en un país que no nos pertenecía? ¿Qué importancia tenía nuestra lucha en relación con los problemas del país en su conjunto? ¿Teníamos legitimidad? Lo admito, viéndolo en retrospectiva, lamento no haber tenido un papel más activo en las movilizaciones.

 

En 2020, después de una seguidilla de leyes que buscaban acotar el espacio de acción de la CEU, la administración decidió dejar Hungría y alcanzar al Departamento de Estudios de Género en la capital austríaca. A cuestas, arrastró a miles de estudiantes y trabajadores que vieron sus vidas irrumpidas por la incertidumbre. Sí, los que tienen buena memoria recordarán que la pandemia de COVID-19 también estalló ese mismo año. Todos los “desplazados” tuvimos que lidiar al unísono con mudanzas, estudio y trabajo, la renegociación de salarios (con una administración que no daba su brazo a torcer), pautas sanitarias cambiantes y la adaptación a una ciudad completamente vacía por el home office. Exageraría si dijera que fue un suplicio para mí. No lo fue. Era joven, me adaptaba fácilmente. Lo que sí fue, es estresante. Y dolía ver a profesores y al personal administrativo que iban y venían de un país a otro para mantener su trabajo y ver a sus familias. El cambio fue abrupto.

 

Desde la mudanza, regresé 4 o 5 veces a la capital húngara. En mi opinión, una de las más bellas ciudades europeas, sin el nombre de otras. La postal que se tiene estando parado en mitad del puente Margarit, de preferencia en la noche, es inigualable: del lado derecho el Parlamento húngaro y detrás la Basílica de San Esteban; del lado izquierdo el Bastión del Pescador, seguido por el Castillo de Buda, y al fondo la Ciudadela en la cima de la montaña. Budapest es una ciudad que conjuntaba tradición con progresismo, apertura a los migrantes y estudiantes extranjeros, con cerrazón y nacionalismo recalcitrante. Orden europeo y caos turco. Sus calles son en general seguras, pero tienen mucha mucha vida. No es difícil perderse caminando y descubrir joyas de bares y restaurantes en los lugares menos esperados. Conocer a personas extraordinarias: los budapestenses son hoscos pero amables. Quien no haya saciado una peda con un lángos callejero, no puede apreciar la vida a plenitud. Estas maravillas, todas ellas, estaban cada vez más en entredicho debido al gobierno de Orbán en el país.

 

Mi anécdota no es más que eso, una anécdota. No la comparto buscando simpatía conmigo ni con las personas por las que estuve acompañado. Después de todo, en general, éramos todos personas de clase media-alta, ciertamente privilegiados. No tiene, sin duda, nada que ver con la pareja homosexual que, hasta el día de hoy, busca reconquistar los derechos que le fueron robados por el gobierno húngaro. Tampoco con el de los indigentes que, so pena de ser multados por el crimen de la pobreza, continúan siendo forzados a vivir en las montañas. Pero ahí está una limitación: no puedo contar otra perspectiva que no sea la mía. Y creo que mi anécdota tiene valor. Desde allí, no puedo evitar celebrar los resultados del pasado fin de semana, que le quitan el poder al gobierno de Viktor Orbán.

 

Izquierdistas advierten, cuidado con el exceso de triunfalismo. El nuevo primer ministro, Péter Magyar, es una persona de derechas, que no pone en duda muchas de las líneas más oscuras del pasado gobierno. Suscribo la advertencia, es importante ser cautelosos con la victoria. El nuevo gobierno no es, bajo ningún concepto, un ideal para las personas de izquierdas. Y, sin embargo, no puedo hacer suficiente énfasis en la inmensa satisfacción que me invade al ver los ríos de gente extasiada, en las calles que fueron mi casa durante dos largos años; por las expresiones de júbilo en los muros de Facebook de compañeros que sienten que las cadenas que los aprisionaban ya tienen una gran grieta.

 

Creo que las dos cosas no son mutuamente excluyentes: no estoy entusiasmado con el nuevo gobierno y, sin embargo, celebro la derrota del pasado. Creo que pasa un ligero rayo de sol en un panorama nublado y lluvioso, y creo que, por lo pronto, aunque eso no signifique que el temporal haya acabado... por lo pronto... quizás por unos días, un mes, dale... se debe permitir a los húngaros disfrutar de la sensación del sol en la piel.

 

¡Szabad ország, szabad egyetem!

 

RBS

 
 
 

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