Sin importar los medios…

Primero, algo de historia de las ideas políticas (¡tenme paciencia!):
Muchos historiadores reconocen la publicación del Leviatán de Thomas Hobbes como el inicio de la filosofía política moderna, marcada por el desarrollo del tema de la legitimidad política. Esta historia es más o menos conocida en la consciencia popular. Hobbes cree que la legitimidad del Estado reside en un contrato entre ciudadanos y el nuevo ente creado. Para los fines de esta pequeña disertación, no es importante si encuentras convincente o no la idea de un contrato con el Estado. La idea básica es que el ser humano se encuentra ante una disyuntiva: puede optar por vivir en el estado de naturaleza o por firmar un contrato para crear un ente superior, como el Estado.
El estado de naturaleza a la Hobbes está marcado por incertidumbre y guerra. Los seres humanos somos prácticamente iguales, por lo que la dominación de uno sobre otro no es segura. Por ello, vivimos en defensa continua. Porque casi cualquier persona puede asesinarme. De hecho, la mejor defensa es el ataque. Entonces, vivimos haciendo la guerra de manera defensiva. En este marco, resulta una decisión racional para Hobbes, conceder gran parte de nuestras libertades a un nuevo ente que dé certidumbre a las relaciones interpersonales. El Estado, el Leviatán, trae la paz a las relaciones entre hombres, pero los signatarios del contrato ceden prácticamente todo poder de decisión al Estado (recordemos que Hobbes defiende una monarquía absoluta. El liberalismo refinaría la idea del contrato social para llegar a condiciones que resultan más intuitivas para los contemporáneos). Hay, sin embargo, una potestad que el ciudadano nunca cede ante el Leviatán: si el Estado pone en riesgo la vida de sus ciudadanos o no logra protegerla, la decisión de entregar nuestra libertad al Estado pierde fuerza. Puede ser racional para alguien “intercambiar” libertad por seguridad, pero ya no lo es tanto si mi seguridad está en entredicho.
Y luego, El Salvador:
“Mis amigos cubanos siempre me dijeron que es muy cansino andar por el mundo escuchando cómo todos te explican cómo es tu país, así nunca hayan estado en él, y por supuesto, sin nunca padecerlo. Guardando las distancias históricas, ahora los entiendo mejor” (Óscar Martínez, del libro Bukele, el rey desnudo).
Es común estar en una mesa en la que se discute la política y que, de la nada, un interlocutor cambie el tema 180 grados para disponerse a aventar loas al gobierno de Nayib Bukele, presidente de un país centroamericano que pocas personas había volteado a ver antes. Bukele lo tiene todo: viste con un característico estilo, es carismático, gusta de mentar madres a instituciones internacionales, a otros gobiernos, habla bien el inglés… Pero sobre todo, lo que la gente más disfruta es su discurso de mano dura y su eficacia (algo tiene la estética de unos jóvenes tatuados siendo humillados frente a las cámaras, que lleva a tu tía y tío conservadores a soltar una lágrima). Me interesa discutir la fascinación de algunos sectores de la población por la figura de Bukele.
Creo que existe una explicación sencilla (si es el caso) para que el fenómeno Bukele tenga aún más tracción con el público mexicano que con el de otros países. México se encuentra sumido en la violencia desde el inicio de la guerra contra las drogas en 2006 y no vemos la luz al final del túnel. Es comprensible, la gente está harta. La seguridad es, sin lugar a dudas, uno de los valores más fundamentales de una sociedad. Sin embargo, es importante detenerse a preguntar: ¿es el único? O por lo menos, ¿el más fundamental? Esta pregunta es importante de manera más general, ¿es cualquier valor el único o fundamental de la sociedad? ¿Lo es la igualdad o la libertad?
Según Hobbes, la falta de seguridad es la única razón legítima para que un ciudadano rompa el contrato social. Si fuese el caso, pareciera que el gobernante que mejorara la seguridad de su país, sin importar los medios, debiera ser legitimado por su gente y, sí, ¿por qué no? Aplaudido por propios y extraños. El problema es la incomodidad que, espero que compartan, genera la condición “sin importar los medios”. El problema con esta posición es que en las sociedades contemporáneas somos generalmente pluralistas con los valores que deberían regir nuestras sociedades, es decir, más de una cosa tiene valor para nuestra sociedad: la igualdad y la libertad, la democracia y la justicia, los derechos humanos etc.
Precisamente creo que ahí reside el gran problema con la visión que la gente tiene del gobierno de Bukele y la evaluación positiva que se le hace. No me interesa contender aquí con las cifras del gobierno de Bukele. Creo que los números son innegables. El cómo es el meollo del asunto. Para adentrarse en detalles, recomiendo ampliamente el documental publicado este mes por El Faro (medio independiente, y perseguido por el gobierno salvadoreño) en colaboración con la cadena estadounidense PBS. La historia del documental relata el surgimiento de Bukele como alguien con tendencias progresistas, quien subrayaba la importancia del desarrollo de las juventudes para prevenir la violencia. Pero ya en el poder, simplemente decidió ser pragmático. La salvadoreña, como la mexicana, es una sociedad que estaba harta de la violencia. El discurso de seguridad, que más parece venganza, vendía, vende muy bien. Bukele no tardó en notarlo.
El giro de Bukele hacia la mano dura se concreta con el Plan de Control Territorial en 2019. El gobierno lleva a cabo una ofensiva frontal contra las pandillas en el país. Se registran miles de detenciones y los asesinatos bajan (obsesión por esa cifra, ¿les suena?). Periodistas de El Faro, con información filtrada por agencias estadounidenses del 1er gobierno de Trump, exponen que la baja en la violencia se logró después de un pacto con las pandillas más importantes del país. El gobierno pedía a las pandillas que redujeran el número de asesinatos o, por lo menos, que fueran más discretas con ellos. Por su parte, el gobierno ofrecía detenciones selectivas y daba privilegios dentro de prisión a algunos de los detenidos. Además, las pandillas (junto con las poblaciones de sus áreas de control) se comprometían a favorecer políticamente a Bukele y a su partido.
Por su parte, los Estados Unidos de Trump habían elegido a la pandilla MS-13 como uno de sus múltiples enemigos y, entre las acciones que iniciaron para desarticularla, estaba la solicitud de extradición de algunos de sus cabecillas, detenidos en El Salvador. Por las posibles repercusiones, el gobierno de Bukele (que ya había ampliado su poder sobre el Poder Legislativo y el Poder Judicial) toma las medidas necesarias para oponerse con uñas y dientes a las deportaciones. Incluso, ayuda a uno de los criminales más notorios a fugarse de prisión. El fugado criminal finalmente sería detenido en México y extraditado por el gobierno de Biden.
En 2022, la violencia pandilleril volvía a aumentar y, ante la amenaza de la MS-13 a su gobierno, Bukele convoca, y le es otorgado, el poder para llamar a un régimen de excepción en el país. Con esta figura legal, el gobierno podía detener a personas a diestra y siniestra, sin juicios y sin imputarles cargos. Esto, aceptan los reporteros de El Faro, tuvo un impacto real en la reducción de la delincuencia. El régimen de excepción, que debe de ser renovado mensualmente, sigue hasta el día de hoy. Cuando Trump es reelegido para su segundo término, Bukele pacta con el gobierno: ofrece su macro-cárcel para deportar a los migrantes (otro de los enemigos de Trump) detenidos en Estados Unidos. ¿A cambio? Pedía la extradición de 9 pandilleros de MS-13. Entre la primera ola de deportados de migrantes de Estados Unidos a la macro-cárcel salvadoreña, sí, estaba uno de los pandilleros solicitados por Bukele. Así, aseguran su silencio. Los periodistas de El Faro que han dado seguimiento a esta historia han salido del país bajo amenaza de ser aprehendidos si vuelven.
Sin importar los medios…
Esta no es una discusión sencilla. Yo también creo que la seguridad es uno de los requisitos más fundamentales para la legitimidad de un Estado. Entiendo la sensación que se expresa en el documental: “algunos dicen saber que el gobierno se lleva a inocentes, y sin embargo, apoyan la medida. La vida en varias colonias era el infierno”. Pero al analizar, no podemos entender la seguridad como el valor único. Ningún valor lo es. A mí no me espanta la idea de que el gobierno pacte con los criminales. Todos los gobiernos lo hacen. Pero lo que sí me conflictúa es justificar la violación sistemática de los derechos humanos en aras de la seguridad. Creo que este punto de vista puede ser convincente para los críticos de los gobiernos de Morena.
Es indudable que ha habido una concentración del poder político en este y en el sexenio anterior. Creo que hay preocupaciones genuinas sobre el estado de nuestra democracia. Creo que las críticas a la continuidad de la participación de las fuerzas militares en labores locales deben ser constantes. Los amparos, la expansión de la prisión preventiva oficiosa, etc… ¿Están dispuestos a cortar con la crítica debido a la disminución de la mortalidad en el país, o si la tendencia a la baja se profundiza? No, yo me guardo esa carta. Piensen, además de la seguridad, en otro valor fundamental para la legitimidad del Estado: que todos los ciudadanos tengan los medios suficientes para acceder a una vida digna. Es indudable que estos gobiernos han avanzado en este requisito. Pero no, vamos a lo mismo, este objetivo tampoco debe lograrse sin importar los medios. Si estás conmigo, entonces hay que ser consistentes con nuestras evaluaciones.
Cierro con una anécdota utilizada en la filosofía política para ejemplificar el peligro de dar primacía absoluta a un solo valor social, en este caso, el placer:
“Una sociedad hedonista construye un coliseo estilo romano en donde se sacrifica a algunos cristianos poniéndolos a pelear contra animales salvajes frente a 50,000 animados espectadores que disfrutan del dolor ajeno. Sí, los derechos humanos de los cristianos sacrificados y, su dolor, no están siendo considerados en la decisión final. Pero el placer de las 50,000 almas satisfechas puede más que estas consideraciones”.
RBS



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